martes, 3 de enero de 2017

Cosas que pienso y acaban en canción

Los que amaron:
Uno empieza a amar porque especula en positivo sobre el ser amado, llegando casi, a un estado de imbecilidad transitorio que se desvanece con el tiempo, a veces solo, a veces con mucha ayuda, porque después viene la lucha por el rankin' de quién ama más (o menos) a quién; una lucha que se origina porque nos sabemos indefensos frente al ser amado, lo cual, es bastante lógico tras el paso por dicho estado de imbecilidad, y teniendo en cuenta que rara vez los seres humanos nos auto-responsabilizamos de nuestros errores. Y es así como comienza esa estúpida batalla cuerpo a cuerpo para, por fin llegar a comprender el hecho de amar como un ejercicio que sólo necesita una ida, sin reclamar la consiguiente vuelta. Qué raro se me hace ahora saber que las medias naranjas no existen, ni deben existir, pues se es capaz de amar cuando uno se reconoce como un fruto completo, lejos de las fábulas platonianas donde se cuenta que fuimos dos mitades que han de buscarse la una a la otra. Y sin embargo, qué importante se vuelve el "amor" cuando nos sitúa en la arena, uno frente a otro: dos guerreros armados hasta los dientes que confunden sistemáticamente el amor con dominar o ser dominado.
 



Bolero pa' tí: 
Me espantaba la idea de volver a enamorarme de un hombre porque hasta entonces siempre había dado con especímenes masculinos cuya única forma de seducción era mostrar una, sobre todo, inútil superioridad en todo, lo cual no es que me importara, al contrario, me encantaba; pero debía de tener muy mal ojo con las elecciones, pues al poco tiempo me daba cuenta que no solían dejarme ni un sólo momento para poder ser yo misma, pues cada vez que intentaba serlo, esa superioridad se veía amenazada, perdiendo, de plano, cualquier resquicio de armonía en la relación. Al poco tiempo, gracias a los errores, sus dolores y el poso que dejan, aprendí a disfrutar de la compañía masculina poniendo como base la amistad en igualdad de condiciones, lo cual solía dejar poco resquicio a una energía seductiva. Tal vez por eso, cuando él llegó a mi vida, se quedó para siempre, porque aprendimos a amarnos en la única forma que cualquiera de los dos estábamos dispuestos a hacerlo: Siendo nosotros mismos, sin saber, en aquel tiempo, ni siquiera quiénes podíamos llegar a ser, pero con el firme propósito de crecer como frutos, sabiéndonos diminutas semillas cuyo sentido en la vida sería absurdo si únicamente desearan ser mitad, y no un fruto completo.